Arturo Frediani Entrevista_03. Casa Planells

Photography: Joan MassaguéText: Raul Avilla, Joan Massagué
Date: February 11, 2017 Category: Texts, Things

Existía una parte de lógica que hemos terminado omitiendo porque la técnica nos lo ha permitido o, simplemente, por una cuestión de imagen. Adolf Loos decía: “no pienses en la cubierta, piensa en la lluvia”

Loos fue uno de esos personajes clave, porque era moderno y a la vez defendía el Raumplan, la comodidad de los muebles por encima de su aspecto… algo que iba más allá que los 5 puntos de Le Corbusier. Estar a gusto, tener un rincón íntimo desde el que dominar el espacio, sentir la confianza que es capaz de transmitir el lugar en el que se vive. Cuando nos probamos un vestido que nos favorece ganamos confianza, nos sentimos cómodos, capaces de todo. En arquitectura ese es también un tema básico.

Hablar de confort en el proyecto se entiende como un plus, cuando es algo básico en la arquitectura.

Debemos llegar un poco más lejos, ligar este confort al cómo somos culturalmente, a nuestra experiencia del momento. Es algo muy dificil pero debería ser la ambición de todo arquitecto. La gran diferencia, hasta la llegada de la crisis, con respecto al pasado era la gran velocidad de los acontecimientos. Las cosas iban pasando cada vez más rápido, la arquitectura se podía materializar cada vez en menos tiempo.

Cuando Lewerentz se fue a Italia le debía llevar mucho tiempo llegar allí, hoy en día cogemos un avión y llegamos en unas horas. La preparación de un viaje también era un ritual de pasaje como los que comentabas. ¿Echamos de menos dicha preparación?

Todo lo hacemos más rápido. Sus viajes duraban entre 6 meses y un año, puesto que de Suecia a Italia se tardaban unas 3 semanas. La semana que viene voy 5 días a Suecia por la tesis y me pasaré los días recluido en el Arkitekturmuseet.

Algo especialmente interesante en la arquitectura nórdica es el tratamiento del material. ¿Cómo afrontas la materialidad en arquitectura y el uso de un determinado material?

Lo que tiene mucho valor en arquitectura, más que la materia propiamente que vale poco por si misma, es su carácter tectónico –la arquitectura de grandes grosores– o su carácter tectónico –la arquitectura de la jerarquía constructiva. Volviendo a “códigos” los seres humanos tenemos un instinto de orden tectónico, que cuando está bien planteado nos hace confiar. El orden estereotómico se ha empleado en otro tipo de situaciones, es más cercano a lo permanente, tiene menos que ver con lo cotidiano y sirve mejor como lugar trascendente o de reconocimiento de la comunidad, tumbas, monumentos… El valor del material se coordina siempre con estos dos parámetros. Es tan importante la materia como el cómo se organiza en el espacio. Los arquitectos cuando hablamos de materia a veces la separamos de su disposición, lo cual es una simplificación absurda del problema. En Cabrera de Mar, por ejemplo, construímos una casa de entramado de madera, completamente tectónica y volando sobre el paisaje, sobre una base firme y estereotómica a modo de mastaba, formada por muros de tierra y rugosas pantallas de hormigón. Vilassar es un edificio absolutamente tectónico, todo está entramado: estructura metálica, forjados colaborantes, fachadas… se construyó en 8 meses y medio. Utilizamos materiales de mucha prestación y salió económico gracias al timing de montaje. Son viviendas sociales de 80m2 con 43m2 de estar, que además facilitan la ocupación por parte del usuario tanto del espacio interior totalmente diáfano, como de las generosas pasarelas de acceso sobre el jardín privado.

Esto permite la identificación del usuario en el lugar que habita (el vestido de antes) y ocuparlo.

Pero hay que plantear las reglas del juego. Existe una frontera imprecisa y fluctuante entre lo público y lo privado, más allá de la cual tienes la confianza suficiente para actuar como individuo en el espacio. Ese punto es de muy difícil lectura en muchas arquitecturas. Los habitantes siempre saben utilizar el edificio, pero hay que in-formarles aprovechando la forma para que las oportunidades caigan siempre del lado de la acción.

En nuestro trabajo somos a veces un poco presuntuosos en el momento de ofrecer esos espacios.

Tenemos la responsabilidad de aprender a leer cuales son esos mecanismos, no nos sirve la excusa de que el habitante ya utilizará el espacio “como quiera”. Debemos entender mejor el espacio que estamos proyectando. Es un discurso que se escucha tanto entre alumnos en la escuela como entre arquitectos pero que precisa de nuevas herramientas para ser articulado.

En la escuela nos quejamos de que nos enseñan a hacer plantas, pero no a pensar en todo lo que viene después. La planta debería ser un medio, no un fin en sí mismo.

Exacto, la planta se trata como un fin. Lo que se suele plantear en la escuela es un problema arquitectónico de composición, que es un problema mucho más limitado que el problema arquitectónico real. Una cosa no va contra la otra, simplemente está dentro de la otra. Si le preguntas a un alumno ‘nárrame ese espacio’, o ‘qué ocurre entre estos dos edificios’ casi todos se encojen de hombros, estudiantes y también profesores; “¿Pero ese qué pregunta?” “Yo que sé: es así porque es así, y no hace falta explicarlo”. Igual que nos ocurre con el sexo, seguramente consideramos inútil o vergonzoso ponerle palabras y comunicar la forma concreta que toman nuestros instintos compartidos.

Pero al menos compartimos el proyecto con los arquitectos… lo más difícil siempre resulta explicarle nuestro proyecto a un amigo o familiar, alguien que no sabe quien es Le Corbusier…

Hay que dar unos pasos atrás e intentar descifrar sus intereses, como pasa con un cliente culquiera. Intentar reaccionar a su discurso desde su mismo nivel. Si en cambio la pregunta es más profunda, debemos intentar entender en qué estriba dicha profundidad. Tenemos que buscar palabras para explicar algo que nos parece obvio, y resulta difícil. Por ejemplo, hablamos de colores con el cliente. Del color azul. Y el cliente suelta entonces el consabido “Sobre gustos no hay nada escrito”. Entonces yo intento describir el color azul: algo que no nos molestamos en hacer nunca porque todos compartimos esa percepción. Azul es azul y no hay que darle más vueltas, pensamos. Pero durante los 2,5 millones de años de evolución de los homínidos, y los 4.500 anteriores de la vida ese ha sido el color del cielo, y no puede ser un color que nos distraiga o nos llene de información la cabeza, es un color que consideramos muy neutro, no preocupa a demasiadas neuronas, por eso lo ponen como fondo de los políticos. El color rojo por el contrario ha sido el color de la sangre, de que algo va mal. Si de repente el color del cielo pasase a ser rojo, o nos fueramos a vivir a Marte, donde el cielo es rojizo, pasaríamos unas cuantas generaciones algo exaltados, pero poco a poco nos iríamos acostumbrando, por selección natural, a la nueva situación. Lamentablemente pensamos que no tiene sentido hablar del equilibrio que la vida establece con dicho color. ¿Para qué? ¡Si compartimos esa información! Como arquitectos tenemos que manejar con precisión también estas teclas. En la escuela, el peor profesor es aquel que no es analítico. El ‘cómo te sientes en un espacio’, por ejemplo, es algo difícil de manejar. No basta con un “está mal, cámbialo” Si detectamos que no “se está bien” en una planta nuestro deber es explicarlo desde el recorrido, desde la sección… hemos de ir confinando el problema hasta que nos acerquemos suficientemente a él, hasta que el alumno entienda más o menos lo que está manejando. Pero siempre “más o menos” puesto que cada proyecto es una ecuación con numerosas soluciones válidas.

Sin embargo algo que aparentemente es una desventaja también es un punto a favor, la arquitectura no es parametrizable con una fórmula maravillosa.

Hay muchas maneras de resolver un problema. Pero hay que intentar aislar cada principio activo hasta entender qué pasa, para poder atacarlo desde el grueso de la fachada, desde su relación con el resto del programa, desde su organización tectónica, desde su sección… la relación entre los distintos ambientes tampoco es lineal. Un proyecto no es un libro que empiezas por la primera página y terminas por la última. La página uno se encuentra antes de la dos, pero también puede ser contigua a la 35 y, un poquito más arriba y a la izquierda, a la 158. Ahora estamos comparando en una optativa, cuyo modesto objetivo es aprender a hacer maquetas de concepto, dos edificios a través de su variabilidad espacial. Uno de ellos es el Dípoli de Reima Pietila, y el otro la embajada de Holanda de Rem Koolhaas. Dos proyectos espacialmente muy complejos, con muchas alternativas combinatorias, con gran cantidad de relaciones entre las estancias que provocan que la narración dentro del edificio tenga grandes posibilidades de variación. Dos edificios con puntos comunes en cuanto a complejidad de relaciones espaciales, pero muy distintos por la conciencia que sus arquitectos tienen del espacio que les rodea. Son “libros” donde la página siguiente es siempre la inesperada. Hay espacios que superan el entendimiento, hay información sobreabundante que hay que estudiar cada día.

Sin embargo alguien que lleve viviendo un tiempo en ellos te hablará de para qué sirve cada uno de los rincones.

Habrá aprendido de la experiencia. “¿Para qué sirve ese rincón? –se preguntará– “Depende…” Ahí es cuando el arquitecto puede sentirse valioso. Depende del día, depende del momento… encontrarse muy bien en un lugar sin saber por qué. Cuando trabajo en mis proyectos me imagino estos sitios, y en algunos convergen especialmente las líneas de fuerza, son los nodos de una narración entrelazada que al final ni siquiera salen dibujados en la planta. Puntos especiales que van guiando el proceso… a veces se revelan y a veces no son nunca despejados de la ecuación.

Es una buena manera de concluir la entrevista, en este punto esencial de la arquitectura: el encontrarse bien sin entender el porqué, más allá que el aquí y ahora…

Perfecto, ahora tenéis un Jujol en el que llevamos trabajando dos años, y que sigue pareciéndonos a todos un enigma insondable! A vuestra disposición para experimentarlo y, si lo deseáis, para transformarlo en un puñado de fotografías mucho menos misteriosas…

1 Comment

  • Andreu 04/12/2013

    Molt inspiradora!

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